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la mujer enmascarada


Viste de negro, siempre, se asemeja a una pantera que habita en el desierto y apenas tiene nada que comer. Delgada, como si su sombra fuera el destello de una vida alternativa, la mujer enmascara vive inmersa en su mundo, se esconde de los otros para no ser descubierta y cuando todo está tranquilo se desviste, se quita el disfraz de bruja o el de reina -depende de las circunstancias- y sale al mundo a tratar de poner en orden todo su entorno.
No le resulta sencillo -ni mucho menos- porque vive apegada al miedo y no sabe cómo desprenderse de esa inútil sensación que es esa de habitar lugares extraños. Tiene la impresión, a menudo, que los caminos que ha recorrido hasta ahora no han hecho sino alejarla del entorno que conocía, de todo lo que había descubierto, de sus hábitos y costumbres, de todo aquello que en otro tiempo formó parte de su vida, porque es cierto que esta mujer que ahora podemos observar por la rendija de una puerta tuvo en otro tiempo maneras reales, comportamientos cercanos, tuvo en otro tiempo la necesidad de ser reconocida y querida...entonces su aspecto era otro, no conllevaba desgastes ni había en su quijada ningún símbolo de la tristeza o el deshonor....entonces era sabía y comprendía que el amor que la rodeaba le bastaba para seguir, para continuar un día más....quizá por eso no había nada en sus manos que pudiera hacerla temblar, que le devolviera dolor, que la alejara de la luz....entonces esa mujer tenía respuestas. Muchas, demasiadas, tal vez.
Había colocado los puntos en los lugares correspondientes y no almacenaba desdichas ni trataba de aparentar que todo iba bien, al contrario, se deshacía en elogios y hacer amigos era para ella una afición, le gustaba coleccionarlos en una esquina del corazón para los tiempos en que todo fuera distinto, en que los vientos no soplaran en la dirección correcta y el mundo le mostrara el lado más cruel, comprendía las razones para seguir un poco más, para tratar de completar aquello que había emprendido, quizás por eso, entonces, no buscaba soluciones a conflictos que no fueran suyos y no había en sus manos ni en su aspecto ni un poquito de tristeza, no conocía el matiz apagado que suele conllevar el negro ni le ponía a la vida la otra mejilla buscando un poco de satisfacción. No. Ni mucho menos, se perdía por los bosques que rodeaban su casa y se detenía, un instante, a oler una flor, a escuchar el canto de los pájaros y a tratar de recoger esas gotas de rocío que suelen quedar colgadas en una esquina del alba....paseaba con firmeza, con cierta determinación, buscando en los rincones que rodeaban toda su casa esos pequeños tesoros que hacían de su vida un lugar mágico y distinto, respiraba hondo al caminar por la orilla del río y comprobar que seguían fluyendo sus aguas, igual que entonces, lo mismo que antaño
así era su vida entonces y nadie que la hubiera conocido hubiera podido adivinar entre las sombras de sus pliegues ni un pedazo de tristeza, ni una sombra de duda. ... no las había. La mujer enmascarada era simplemente feliz.
Y en ese término tan rotundo no hay espacio para pasajes sombríos ni para tristes elucubraciones, se limitaba a vivir y daba las gracias por ello, la vida le parecía un paseo delicioso por la parte más hermosa de ese mundo que apenas acertamos a imaginar, no había nada que pudiera hacerla temblar: ni el dolor que, a menudo, divisaba, ni el horror ni siquiera la tristeza conseguía sacarla de esa extraña aureola que desprenden las personas que saben hacía dónde se dirigen. Extraña cualidad esa -susurraban a menudo sus amigos y también sus conocidos- la de toda esa serenidad confinada en unas manos tan pequeñas, en unos dedos tan delicados....porque toda la fuerza y la determinación que había en su espíritu no asomaba, casi nunca, a través de su cuerpo: delgado y etéreo ni podía adivinarse en los extraños perfiles del viento, no...su coraje era otra cosa. Una cierta certeza, el respeto y la alegría que conlleva haber aprendido algunas lecciones y saber que se ha pagado un precio por ello. No le resultaba fácil explicar a los demás por qué estaba contenta, a menudo, por qué sus razones no tenían nada que ver con la compra de un coche o un nuevo vestido, por qué le bastaba con acariciar el color del mar, por qué sus victorias eran otras....así que se limitaba a pasar de largo y a no detenerse demasiado en los desmanes, así transcurría su vida, entonces. No había más pesares a su alrededor ni más dudas que afrontar, todo, todo absolutamente podía resolverlo a cada paso...
Quizás por eso les parezca tan extraño a todos aquellos que la conocen el matiz que ha adquirido su rostro: un tono cercano al ocre y que deja en sus mejillas destellos de dolor, no es la forma a la que están acostumbrados a divisarla, no hay en su rostro alegría ni se distingue, a lo lejos, ese aura blanca que antes desprendía, ni dibuja en el aire colores luminosos, ya no. Ahora se esconde bajo una capa de desánimo y habita perdida en el negro: que es más eterno que el gris y no deja espacio para el cambio, les gustaría poder decir en voz alta que se trata de algo pasajero, que es sólo un periodo de transición, que pasará -como siempre ha ocurrido- y que lo único que tiene que hacer es sonreír un poco y cambiar los matices de su vida,,,pero esta vez el periodo que la recorre es más amplio que el de costumbre, no hay en sus días jornadas de dicha y todo lo que la rodea está cubierto por ese tenue velo que determina la indiferencia.

Por eso andan un poco preocupados, porque no es propio de ella ese comportamiento, porque no puede encontrarse en su largo recorrido ningún episodio tan oscuro, tan diferente......Es esta nueva etapa la que no consiguen integrar en la vida de una mujer que hasta ahora había hecho de su vida un largo poema: lleno de magia, de esplendor....y con la dosis exacta de templanza y buen humor. No hay en el rostro de esa mujer demacrada nada que recuerde a su belleza de antaño, a esa que no se puede recuperar sino es a través de la alegría y el buen humor, sino es a través de la risa, de la conquista, del resplandor, no hay en sus dedos proezas ni conquistas sabías ni jornadas vencidas, no hay nada que se asemeje a eso que algunos llaman amor....y el dolor que eso le causa lo adivinaban nada más charlar un rato con ella -las veces que consiguen rescatarla del olvido-, esos matices de pena que adivinamos en aquellos que nos rodean cuando les prestamos la suficiente atención, cuando ponemos todo nuestro empeño en saber qué les ocurre, qué pasa por su cabeza en esos momentos, que esconden sus ojos, que no quieren mostrarnos, por eso ahora que la observan con atención comprenden que su dolor es más profundo de lo que habían imaginado, que almacenan sus manos demasiadas guerras perdidas y que tiene miedo. Tiene miedo del propio miedo......les gustaría animarla, acercarse hasta ella y extender la mano derecha y rozar con su palma una esquina de su muñeca: esa que muestra bajo el suéter gris y la chaqueta negra para confirmarle que están ahí, que a pesar de todo, siguen ahí, que no se han marchado y que ese dolor que acumula es tan sólo pasajero, trivial, insignificante y que volverá a salir el sol en esa vida que ahora la acorrala, pero se detienen en el momento justo en el que esas palabras podían devolverle un pedazo de alegría, sus manos tiemblan al tratar de aferrar su palma y se deshacen de sus propósitos antes de haber iniciado, siquiera, el primer encuentro. Es una lástima, gestos como esos cambian un mundo...y ellos lo saben. O por lo menos lo adivinan y dejan que pase el instante, que no se detenga, que ese minuto precioso en el que las cosas podrían haber sido distintas se esfume, se marche de su lado y la risa de esa mujer distinta se quede cobijada en un rincón de otra morada, de cualquier otro resplandor...